Bióloga marina y presidenta de la Fundación Ona Futura, Inma Farran lidera el proyecto ESVIMA, una inciativa que estudia cómo los materiales artificiales pueden transformarse en superficies biológicas capaces de regenerar la vida marina. Desde Palma, Ferran defiende una visión integradora: cuidar el mar no solo preserva la biodiversidad, sino también la salud, la economía y la gastronomía de las islas.
¿Cómo nació la idea del proyecto ESVIMA y qué necesidad concreta del Mediterráneo busca resolver?
El proyecto ESVIMA nació de una evidencia muy clara: desde los inicios de la humanidad, los hombres y mujeres hemos lanzado cosas al mar sin pensar qué pasaba después. Hemos construido estructuras submarinas, diques de contención, y está demostrado que las estructuras artificiales disminuyen la biodiversidad marina en comparación con las naturales.
Con este proyecto queríamos dar respuesta a una necesidad concreta del Mediterráneo: regenerar su biodiversidad en un mar especialmente presionado por la actividad humana, el turismo y el cambio climático.
Desde la Fundación, junto con nuestros socios del Instituto Químico de Sarrià y del Centro Balear de Biología Aplicada, desarrollamos un método para estudiar cómo se produce la colonización de estos materiales.
¿Por qué se eligió la bahía de Palma para llevar a cabo este ensayo pionero en el Mediterráneo?
Porque está situada en el centro del Mediterráneo y nos permite estudiar dos condiciones diferentes: una zona con un alto flujo de agua y otra donde el agua está más estancada. El puerto de Palma, por su gran superficie, ofrece estas dos condiciones en un mismo espacio, lo que nos permite comparar cómo influyen en la colonización de los materiales.
El proyecto plantea que las infraestructuras submarinas pueden transformarse en refugios de vida. ¿Cómo se pasa de un entorno artificial a un ecosistema vivo?
Eso es exactamente lo que estudiamos. La inspiración nace de la vida en tierra: cuando cultivamos un huerto, sabemos que, según la acidez del suelo, la cantidad de nutrientes, la luz o el agua, crecen unas plantas u otras.
En el proyecto ESVIMA trabajamos con ocho materiales diferentes, con composiciones y diseños diversos, que con el tiempo se degradan y se convierten en materiales inertes y no contaminantes.
Cuando sumerges cualquier material en agua de mar, inmediatamente acuden bacterias que comienzan a colonizarlo. Dependiendo de sus características, las proporciones de bacterias varían, y eso determina qué animales o plantas llegarán después.
Es un estudio de la cadena trófica: los animales y plantas se alimentan según la colonización bacteriana inicial. Esa es nuestra hipótesis de trabajo.
Los primeros resultados apuntan que las superficies rugosas favorecen una colonización más diversa. ¿Cómo se explica esto?
Es cierto… y no del todo. Las superficies lisas propician una colonización más vegetal, mientras que las rugosas favorecen la presencia de animales. Aunque todavía no tenemos resultados definitivos, la tendencia parece ser esa.
En un estudio piloto que realizamos en la bahía de Palamós observamos algo curioso: materiales separados apenas dos metros mostraban comportamientos completamente distintos. Uno estaba totalmente cubierto de organismos y los otros, casi limpios. Estas diferencias nos ayudan a entender cómo la composición o la textura influyen en la biodiversidad que puede acoger cada material.
¿Cuáles son las primeras especies que han colonizado estas estructuras?
Las primeras, evidentemente, son las bacterias. En este momento estamos probando materiales, de modo que las muestras de trabajo tienen una superficie similar a la de un ladrillo convencional y no modifican demasiado el entorno.
Aun así, en experiencias previas en Palamós vimos que, según el material, la colonización varía tanto en especies como en porcentaje: en un puerto predominaban las esponjas, en otro las algas. Es muy interesante observar estas diferencias.
¿Cuánto tarda una estructura como esta en convertirse en un hábitat marino estable?
Un año. Nos sorprendió muchísimo comprobarlo. En los puertos de amarre que instalamos en Palamós, en apenas un año ya había habitantes: cangrejos, pulpos y pequeños peces.
Las imágenes obtenidas durante los ensayos son espectaculares. Aún queda mucho camino por recorrer, pero la esperanza de convertir paredes grises e inertes en superficies vivas es real y muy prometedora.
¿Qué papel han tenido las instituciones públicas, como la Conselleria de Turismo o la Autoridad Portuaria, en el desarrollo y financiación del proyecto?
Sin ellas este trabajo no habría sido posible. El proyecto se ha impulsado gracias a una subvención concedida por la Conselleria de Turismo, y la colaboración de la Autoridad Portuaria de Baleares, especialmente de su departamento de Innovación y Medio Ambiente. Los consideramos parte del equipo: han ayudado mucho y han hecho aportaciones brillantes.
Es muy gratificante ver cómo la Conselleria se implica en proyectos de investigación.
Más allá de la biodiversidad, ¿qué beneficios concretos puede aportar esta regeneración marina a la pesca artesanal o a las comunidades costeras?
Muchísimos. Tenemos un proyecto llamado “Parc del Mar”, en el que estudiamos la composición nutricional de peces y mariscos que se comercializan en España. Sorprendentemente, de más de mil especies solo se conoce bien la composición de noventa.
Por ejemplo, hay peces muy comunes, como el jurel, del que no se sabe con precisión su valor nutricional.
Fomentamos así el consumo de peces de proximidad con alto valor nutricional. Los beneficios de cuidar el mar van desde el impacto económico de la pesca y el turismo hasta la salud mental de las personas.
¿Cómo se explica este último beneficio, el de la salud mental?
El mar nos aporta intangibles que no se pueden pagar pero que tienen un gran impacto en la vida humana. La gente pasea junto al mar porque el reflejo del sol o de la luna sobre el agua, o el simple movimiento de las olas, transmiten calma y bienestar.
Muchos psicólogos recomiendan caminar junto al mar. Ahora desarrollamos el proyecto Blue Way, que busca valorar estos intangibles como una aportación económica real al patrimonio humano.
Como decimos a menudo, “sí, intentamos poner precio a lo que no lo tiene”, pero es una métrica que también hay que tener en cuenta. El precio de una habitación con vistas al mar, por ejemplo, no es el mismo que el de una con vistas a una pared: esos valores existen, aunque no se cuantifiquen.
¿Este tipo de proyectos pueden ayudar a hacer el Mediterráneo más resiliente frente al cambio climático?
Es una buena pregunta, y me gustaría poder decir que sí. Pero creo que es un esfuerzo colectivo. Deben implicarse las empresas, la sociedad civil —de la cual las fundaciones somos una representación— y, por supuesto, las administraciones.
En Menorca, por ejemplo, hay una empresa que ha desarrollado un prototipo de motor fueraborda eléctrico espectacular. Este tipo de innovaciones ayudan a preservar el mar.
Las administraciones mediterráneas, desde Francia hasta Grecia, tienen que hacer un esfuerzo enorme: el Mediterráneo concentra el 24 % del turismo mundial y es el mar más contaminado del planeta. La densidad humana en la costa implica una gran presión y exige políticas valientes para mantener la calidad de las aguas.
Y conviene recordarlo: detrás de las administraciones hay muchas personas trabajando coordinadamente para mejorar la vida de los ciudadanos.
¿El proyecto ha despertado interés internacional?
Sí, hay interés. Estoy invitada a la Facultad de Derecho de Nuevo León, en México, para hablar sobre regeneración marina. También tenemos contactos en Francia y California, aunque todavía son proyectos incipientes.
Antes de dar grandes pasos internacionales, queremos consolidar nuestro trabajo aquí. De hecho, estamos trasladando nuestra sede de Llucmajor a Palma, donde esperamos inaugurar un nuevo espacio la próxima primavera.
Para terminar, si tuviera que resumir la importancia de proyectos como ESVIMA, ¿qué diría a los ciudadanos?
Que nos ayuden a ampliar la experiencia e instalar más muertos de amarre que, en lugar de ser bloques de cemento, imiten las rocas mediterráneas y se colonicen en un año. Así, en lugar de fondos grises, tendremos fondos vivos y llenos de especies.
A los empresarios les diría que colaboren. Estos proyectos unen ciencia y sociedad civil, y necesitan el apoyo del sector privado no solo para mejorar su reputación o sus informes de sostenibilidad, sino porque a largo plazo también pueden generarles beneficios.
El mar es nuestro jardín. Si un hotelero tiene el jardín sucio y sin flores, no podrá cobrar lo mismo que otro con un espacio cuidado y lleno de vida. El mar es el jardín de todos nosotros, y tenemos que cuidarlo.
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